CAMPO DEL ALEMÁN – CASA DEL INGLÉS

       Fue en la época en que los ferrocarriles eran ingleses que la familia de mi tío Carlos compró una casa en La Banda, Santiago del Estero. En aquellos tiempos La Banda era un pueblo casi ignoto, cercano al límite con Tucumán. Pueblo pequeño que lo era, pero tenía su estación de ferrocarril. En aquellos tiempos, entre los ’30 y los ’40, las estaciones ferroviarias tenían sus empleados, su boletero, su telegrafista, y su Jefe; y por lo general los jefes de estación eran ingleses, o hijos de ingleses que ocupaban cargos de menor a mayor responsabilidad dentro de la Compañía, en este caso el Ferrocarril Central Argentino, a fin de hacer carrera, y con el tiempo ir ocupando cargos de mayor jerarquía. El Jefe de la estación de La Banda era un muchacho joven, recién casado con una inglesita rubia de cara redonda que parecía calcada de su marido, con un parecido tal que parecían hermanos. 

       La familia del jefecito aparentemente era de un nivel socioeconómico bastante alto, y parece que no estaba de acuerdo con que a su hijo lo hubieran destinado a un lugar perdido entre la selva santiagueña, y tampoco con el alojamiento que la Compañía le proporcionara, una casita humilde, en realidad una dependencia más dentro del pobre edificio de la estación, una especie de dormitorio-comedor-cocina con un pequeño baño, como para satisfacer las mínimas necesidades de una pareja joven cuya actividad laboral tuviera que desarrollarse en ese lugar tan primitivo y solitario. Aparte de la Estación, en ninguna parte había luz eléctrica, y mucho menos teléfono, para comunicarse con un prójimo que estuviera a más de tres metros de distancia. El caso es que los padres del recién nombrado jefe de estación fueron a visitarlo un día, a poco de haberse instalado, y quedaron indignados al ver las condiciones en que su hijo y esposa se encontraban en cuanto a alojamiento, y decidieron comprarle una casa “decente” a su modo de ver, si bien comprendían que un joven de su edad debía ir abriendo su propio camino en la vida, “pero no en esas condiciones miserables” fue su opinión.

       Así fue que como de buenas a primeras nuestro joven jefe de estación se encontró propietario de una casa de dos plantas con un número de habitaciones cinco veces superior a sus necesidades, en las cercanías de La Banda, en un paraje llamado “Campo del Alemán”. Era un edificio antiguo, del más puro estilo inglés, que parecía haber sido construido por la misma compañía ferroviaria, para alojamiento de algún funcionario en el futuro, dicho esto con el mayor optimismo.

       Pero sucedió que los ferrocarriles argentinos, que habían sido propiedad de los ingleses fueron adquiridos por el estado argentino el 1° de marzo de 1948, y salvo algunos empleados ya de mucha antigüedad, o ubicación estratégica, de los cuales no se hubiera podido prescindir, todo el personal fue reemplazado por ciudadanos del país, de modo que todos los funcionarios y empleados ingleses fueron incorporándose a otras empresas, o volviendo a su país de origen. El Ferrocarril Central Argentino cambió de nombre por Ferrocarril Mitre, y el jefe de estación de La Banda se encontró sin trabajo y propietario de una casa demasiado grande para sus necesidades y lejos de todo lugar civilizado. Incluso caminando su casa estaba a quince o veinte minutos de la estación.

       Dio la casualidad que mi tío Carlos estaba buscando un campo con vivienda para invertir en una plantación de olivos, proyecto muy a futuro, pero seguro como inversión, ya que de eso se trataba, no de algo de lo que pretendiera obtener beneficios inmediatos. Así es que en uno de los recorridos que hiciera por la provincia se enteró que estaba en venta la propiedad del Campo del Alemán, visitó la casa, le gustó, y en poco tiempo era su propietario. Al enterarse mi tía y mis primos quisieron conocerla, y se enamoraron de su estilo tan austero, y de sus incontables habitaciones, escaleras y recovecos.

       En aquellos tiempos yo andaba en mis catorce años. Vivía en Tucumán, y los veranos solía ir a Santiago del Estero a pasar los meses de vacaciones con mis primos porque sus padres junto con los míos acostumbraban a veranear juntos en Tafí del Valle, dejando a todos los primos juntos en el campo, al cuidado de un matrimonio del que no recuerdo el apellido, pero que todos los primos, éramos unos cuantos. Mis primos, cinco, y nosotros tres hermanos, ocho diablos que imagino que le daríamos bastante trabajo a este pobre matrimonio al que pienso el trabajo les redituaría buena paga.

       En uno de esos “veraneos”, una tarde de calor – insoportable – traté de buscar un espacio más fresco que mi dormitorio para dormir la siesta, y recorriendo habitaciones me encontré en la biblioteca. Es claro, era una biblioteca más que provista, ya que en esos tiempos no había luz eléctrica, y no había otro modo de entretenimiento que no fuera leer. Había una radio que funcionaba con una batería de automóvil, pero que mi tío la desconectaba y se la llevaba en el auto “para que no la estuviéramos toqueteando”, decía. El caso es que quedábamos total y completamente aislados. No había otra posibilidad que leer o dormir. Pero también explorar. La casa ofrecía numerosos itinerarios. Nunca terminábamos de conocerla. Eso – para mi curiosidad – era un poderoso acicate. Así que cuando entré a la espaciosa habitación con sus paredes cubiertas de estantes atiborrados de libros de distintas especialidades, edades y tamaños, gran parte de ellos en otros idiomas, inglés, alemán, francés, y algunos en alguna lengua oriental, creo que árabe o hebreo, porque recuerdo que estaban escritos de derecha a izquierda, pero yo desconocía en absoluto su contenido, y esencialmente, esos alfabetos hechos de ganchos y comillas, sentí en mi cuerpo un estremecimiento de placer. La habitación estaba en la penumbra de una siesta de postigos cerrados, y relativamente fresca. Las estanterías parecían largas cintas que rodearan el recinto como un absurdo paquete de regalo que estuviera envuelto desde el lado de adentro. Pero mis ojos curiosos se detuvieron en un grupo de libros angostos y altos, situados en un estante bajo, casi en el suelo, en una especie de alacena que no seguía la línea armónica de los demás estantes, como si ese sector de la biblioteca se hubiera construido después, o en otro momento; fue suficiente motivo para que yo me levantara del sofá donde había decidido descansar y dirigirme al primero de esos libros “diferentes”, tirando de él para sacarlo de su ubicación. Grande fue mi sorpresa y sobresalto al ver que el libro – lejos de deslizarse hacia atrás por mi tirón – se hundía junto con otros siete u ocho hacia el suelo, dejando abierta una puerta en cuyo umbral se constituían. Del hueco que ocupaba el lugar de la puerta, salía un leve olor a humedad y polvo. 

       En la poquísima luz ambiente me introduje en el hueco, tanteando con mi pie descalzo una escalera que parecía ser de madera. Tanteando con las manos a mi alrededor descubrí un pasamanos que parecía ser del mismo material, y comencé a bajar en la oscuridad, cada vez más tenebrosa. El ambiente donde me hallaba parecía ser un sótano relativamente pequeño y sin ventanas, por el aire con olor a “cerrado”, como diría mi madre. Al tercer escalón toqué un piso de piedra o de cemento. De baldosas, quizá. Un paso más, y mi estómago chocó con algo sólido y pesado. Una mesa. Casi temblando, tanteé como un ciego, y encontré bastante cerca algo conocido. ¡Una caja de fósforos! No podía haber encontrado nada mejor. La abrí emocionado, y luego de tres intentos – dos que fallaron – logré encender un fósforo, y comprobar que me hallaba en un pequeño cuarto, frente a una mesa, y a un candelero con una vela de sebo casi nueva. Fue verla, y darle fuego todo uno; no obstante la quemadura de mi dedo, la vela despertó, mostrando efectivamente una habitación muy pequeña, tres por dos, calculé casi involuntariamente, en la que había una pequeña estantería, y casi todo el espacio estaba ocupado por la mesa, que, cubierta con una especie de mantel de algo como terciopelo verde, con los bordes de flecos dorados, y una serie de dibujos extraños, también dorados, sostenía una cantidad de libros con aspecto de ser muy antiguos y extraños aparatos que parecían – mi conocimiento al respecto era muy limitado – cuadrantes, astrolabios, y otros que no sabía yo si serían de astronomía o navegación (¡Navegación en Santiago del Estero!) Pensar en navegación me pareció a la vez ridículo y aterrador. ¿Navegar por dónde? ¿Por el Dulce? ¿Por el Salado?… Seguí mirando. Había unos extraños botellones, otros elementos de vidrio que eran tubos retorcidos, que luego supe que eran retortas, y todo un laboratorio… Pero ¿Para qué? A la luz de la vela pude ver que la habitación no carecía totalmente de ventanas, sino que tenía un pequeño tragaluz con una puerta que daba entrada o salida al aire, y allí me di cuenta que sería la salida de los vapores que se producirían al cocinar lo que se cocinaría allí, pues había visto que había un mechero que funcionaría con aceite o querosén, y un pequeño horno.

       Había también allí dos o tres libros muy gruesos, y por lo que parecía muy antiguos. Abrí uno de ellos, encuadernado en una tela roja muy gastada. Aparentemente estaba escrito en latín, o en una lengua latina que se le asemejaba bastante. Yo sabía muy poco de esto, pero casualmente, en el colegio, en literatura estábamos estudiando las lenguas romances, y me pareció reconocer algo de su texto. A la temblona luz de la vela, que chisporroteaba por la atmósfera pobre en oxígeno, pude ver su título “Occulta Philosophia”, y el autor Heinrich Cornelius Agrippa von Nettescheim, un nombre bastante interesante, como para dar miedo a cualquiera. Comencé a leer en el párrafo que tuve más a mi alcance: “Natus a octubris 5, 18, 36, 22…”. Cerré el libro, lo que levantó una pequeña nubecita de polvo, y soplando la vela salí de la habitación, y comprobé que al poner el pie en el piso de madera de la biblioteca los extraños libros volvían automáticamente a su lugar, reemplazando el hueco, quedando la entrada al pequeño subterráneo totalmente disimulada.

        Pasaron los años. Seguí visitando a mis primos todo el tiempo que pude, hasta que la vida nos hizo tomar caminos diferentes. Pero gracias al libro de la pequeña habitación mi suerte cambió bastante; tanto es así, que independientemente de lo bien que me fue económicamente, traté de volver todas las veces que pude a la habitación que sólo yo conocía, para seguir leyendo ese grueso y antiguo libro que nadie más que yo ha visto en estos últimos cincuenta años, y cuyas instrucciones, mensajes cifrados, me iban dando datos para apostar a la quiniela, juego que me produjo tantos beneficios que… Ayer firmé la escritura. He comprado el Campo del Alemán con la Casa del Inglés, la biblioteca, la pequeña habitación y el libro.

       5, 18, 36, 22…      Mulieribus=21; Equus=24 Mater=52…

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Palermo, 13 de marzo de 2019