CAMPO

Me habían invitado al campo. A pasar unos días en Ombú Ladeado, un pueblito de la provincia de Buenos Aires totalmente aislado del mundo y – aparentemente – de toda civilización. Era en realidad un caserío que se identificaba por un mástil de madera con una bandera verde bastante desteñida, que unida a su asta marrón más que servir para identificar al pueblo contribuía a confundir más al viajero que por allí pasara, ya que con el fondo de árboles crecidos, los colores verde y marrón del símbolo identificador quedaban borrados por el marrón y verde del tupido follaje que lo rodeaba. Realmente, para poder llegar a Ombú Ladeado había que ser un experto en geografía, o simplemente “ser de la zona”.

El viejo Ford de “Don Chupete”, como le llamaban al único remisero de Caimán Colorado, partido de Magdalena, el “pueblo de saperos”, me dejó a unas buenas veinte cuadras del lugar, ante un interminable campo de soja que había que cruzar caminando, ya que no había camino ni una simple huella que acercara a nadie a Ombú Ladeado, pues al no tener intercambio con ningún comercio de la zona, ya que cada vecino vivía de lo que en su lote cultivaba, nadie lo visitaba con ningún motivo, únicamente algún vendedor ambulante de ropa, o de elementos de limpieza, como jabones o escobas, o quizás los vacunadores de personas o de perros que se animaran a cruzar a campo traviesa las tres o cuatro leguas que separaban a Ombú Ladeado de toda comarca habitada. Crucé caminando el campo de soja, propiedad de un conocido grupo financiero, recordando con tristeza que este amplio predio había sido antes un tupido bosque, que se había talado para sembrar este poroto, que quizás se convertiría en el único producto de nuestro campo, sin siquiera ser consumido en nuestro país, ya que casi en su totalidad la cosecha se exporta a oriente y mientras caminaba, por mi cabeza pasaban en tumultuoso desfile los pensamientos más insólitos, como por qué llamarían a Magdalena “pueblo de saperos” que podía aludirse tanto a pescadores de peje-sapo, como a guardiacárceles… y todo esto mezclado con el temor a lo que me encontraría cuando llegara a destino, ya que quien me había invitado a pasar allí un fin de semana largo había sido mi oficial de cuentas del banco, con quien no me unía una gran amistad, pero no quería desairarlo; él tenía a sus padres en ese pueblito tan ignoto como diminuto, a quienes visitaba de vez en cuando, y según dijo, quería agasajarme con un asado hecho por él mismo, con carne y achuras llevadas desde la capital. Él viajaría la noche anterior, por eso me había dado todas las indicaciones sobre cómo llegar a Ombú Ladeado. Yo, por mi parte, llevaba una botella de vino, tanto como para no caer con las manos vacías. Finalmente terminada mi larga caminata, divisé a mi oficial de cuentas y a su padre que me estaban esperando a la entrada del poblado. Luego de los amables y consabidos saludos, empecé a mirar a mi alrededor para tomar conciencia de dónde me encontraba.

Ombú ladeado era chiquito. Muy chiquito. Constaba de ocho casas, todas de adobe y techo de paja quinchada, habitadas todas por matrimonios de cuarenta a setenta años, sin hijos chicos, todos  en edad de trabajar, empleados en la sojera que yo había atravesado. Además de las ocho casas había una especie de SUM, salón de usos múltiples, donde se festejaban los cumpleaños y otras fiestas familiares, como este asado al que yo estaba invitado,  y del que participaron todos los habitantes del pueblo que eran veinte, porque aparte de los ocho matrimonios había cuatro hijos de tres de ellos, todos mayores de treinta años, que también trabajaban en la productora de soja. Se alumbraban a querosén, y tenían todos radios a pilas, de modo que estaban bastante al tanto de los sucesos de Buenos Aires y del mundo. Cocinaban y calentaban el baño con leña de la mucha que había en el bosque, y alguna que proveía la empresa sojera, la que les hacía llegar mensualmente  a cada familia una lata de leche en polvo, harina de trigo y de maíz, un kilo de yerba, un kilo de azúcar, una botella de aceite de medio litro, un paquete de sal y una lata de atún. Las pilas las traía de Buenos Aires mi anfitrión, según se las encargara cada uno de los habitantes del pueblo. Yo había llegado un sábado. Esa misma noche tuvo lugar el asado prometido, pues la carne no podía esperar, ya que no había heladeras, salvo una cámara comercial a gas de garrafa que pertenecía a la empresa, y que la alquilaba  por hora a quien quisiera poner algo a enfriar. También había un televisor a baterías que para poder usarlo había que introducir fichas en una ranura, fichas que vendía también la sojera a precio no muy al alcance de todos. Había algunas botellas de vino, que los habitantes atesoraban para ocasiones como ésta, y por una razón más que me permitió descubrir cuál era la principal diversión de los Ombúladeños: Terminado el asado, mi anfitrión pasó mesa por mesa entregando boletas de quiniela a uno por uno de los presentes. Cada comensal anotó un número, e hizo una apuesta, entregando el efectivo. Una vez que todos – yo incluido – hicimos nuestra jugada, encendió el televisor, que comenzó a informar sobre todas las jugadas de quiniela de esa noche, incluso las del Uruguay. Sólo uno de los comensales ganó a los diez premios, pero como era poco lo que había jugado, también fue poco lo que cobró. Cuando todo terminó y la charla se hizo generalizada, me arrimé al oficial de cuentas, y lo más delicadamente que pude le pregunté cómo era que levantara quiniela, como en este caso. Me miró sonriente, y con gesto cómplice me dijo: “Tengo hecho un arreglito con el comisario de Caimán Colorado. Hay que alegrarles la vida a estos chicos… Si no se aburrirían mucho…”

PALERMO, 12 de noviembre de 2019