Caja de Seguridad

Edmundo se despertó una mañana en el cuartucho de la pensión donde vivía con el número 22 entre ceja y ceja. Lo había soñado con tanta nitidez que pensó que debía jugarlo a la quiniela inmediatamente. Se levantó de la vieja cama de bronce, que crujió como si a sus patas huecas les doliera el peso de su cuerpo, corrió a la agencia de quiniela antes que cerrara la primera, y apostó veintidós pesos al número 22, “El Loco”. Inmediatamente, sintió que en la próxima jugada, la matutina, iba a salir el 36, le jugó 36 pesos, y luego así sucesivamente, al 05, al 27 al número que saliera, en fin todas las jugadas que hubiera en el día en todas las loterías, incluso a las de Montevideo. Al día siguiente, cuando vio los extractos, casi se desmaya cuando comprobó que había acertado… en todas! No cabía en sí de la sorpresa. Pero pensó que podría haber sido una casualidad, pero ¡qué casualidad! Tímidamente se acercó a la caja, y preguntó cuánto le tocaba cobrar: Temblaba como una hoja cuando le dijeron el monto de lo que cobraría: pero le pagaron, y Edmundo se fue bastante mareado, apoyándose en las paredes desiguales de los distintos frentes de las casas. Las piernas le temblaban. Sentía que el estómago se le retorcía y que las sienes le latían como si tuviera fiebre; llevaba el cheque en la billetera, y por eso la había guardado en el bolsillo interior de su abrigo. Realmente, le costaba creer que no había sido un error, y si así hubiera sido, quién sería el responsable de ese error.
Cuando fue al banco, el cajero al reconocer la firma dijo “mire si hubiera ganado todo esto en la quiniela; sería para volverse loco”. Seguramente es por algún trabajo que hizo para la Lotería Nacional, ¿Verdad? “Si, sí” contestó casi afónico. El cajero sonrió y le entregó el dinero en una pequeña bolsa de papel. “Le sugiero que lo guarde en una caja de seguridad” le dijo.
Al siguiente día Edmundo sacó de bajo el colchón, donde con poca astucia había escondido el dinero, una cantidad que le pareció lógica, y se marchó esta vez a otra agencia de quiniela tanto para seguir apostando como para comprobar si semejante golpe de suerte se le podía dar una vez más. Repitió las jugadas, pensando en los resultados de la quiniela de ayer, y se fue algo más tranquilo a tomar un cafecito a un bar distinto al que solía frecuentar, porque tenía miedo de que lo hubieran seguido con el fin de averiguar a dónde se dirigiría, para asaltarlo.
Esta vez no ganó tanto: Acertó dos loterías Quiniela vespertina, y quiniela de Tucumán. Ahí reaccionó: no podía ganar siempre. Pensó además que la plata no podía tenerla bajo el colchón. Podría robársela la mujer que hacía la limpieza, es claro que venía cada tres semanas, que él mismo tenía que hacerse la cama, y barrer el piso de su habitación; el baño lo lavaba cada pensionista. Pensó en que el empleado del banco le había sugerido que la guardara en una caja de seguridad. ¡Caja de seguridad!, se burló. Aquí tenía una caja de seguridad mucho mejor… Desenrolló las tapas de las gruesas columnas de bronce de la cama, y fue metiendo poco a poco los billetes dentro del hueco. Estaba feliz, porque había creado su propia caja de seguridad. Esa tarde en vez de jugar a la quiniela se fue al cine.
Cuando volvió, la dueña de la pensión, con una sonrisa entre feliz y pícara, lo recibió diciéndole: “Vaya a su cuarto. Hay una sorpresa para usted”.
Intrigado, Edmundo abrió la puerta, y miró en rededor. Todo estaba igual… Pero una flamante cama de madera barnizada reemplazaba a su vieja cama de bronce, de patas huecas.
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