BREVE HISTORIA DE UN PEZ

Soy un pez. No sé si decir “era un pez”, porque ahora estoy agonizando en un cajón junto con otros semejantes, en la vidriera helada de una pescadería. Como pescado fresco, soy. Pero en mi vida, relativamente corta, he visto muchas cosas que otros pescados viejos no han podido ver en su vida longeva. Pero empecemos por el principio, como dijo el número uno. Nací junto con unos mil quinientos compañeros en un remanso del río Paraná, una mañana de otoño, y al igual que mis hermanos, totalmente obnubilado, no sabía para qué lado agarrar, hacia dónde dirigirme. Pero como la corriente nos empujaba hacia el sur, tomé ese rumbo. La luz, que en un principio me llegaba turbia y amarilla, ahora era clara, y me permitía darme cuenta de que cuanto más me acercaba a la orilla, más sucia estaba el agua, si bien había más sabrosos bichos para comer. Así llegué al delta del Tigre, y tomé por el primer arroyo que encontré a mi derecha, tratando de no nadar a contramano.

Como soy – siempre lo fui – muy curioso, y dada mi corta edad, iba mirando cuanto agujero había en la costa, pues mi instinto me decía que, salvo alguna araña o escorpión, cuanto bicho surgiera de allí sería un buen alimento. Así seguía yo mi tranquilo derrotero, llenando de oxígeno mis jóvenes branquias, cuando vi a mi izquierda un agujero grande y cuadrado, que mi instinto me revelaba a todas luces construido por el hombre, y empujado por vaya a saber qué entusiasmo juvenil, me introduje dentro del túnel lo más profundamente que pude. Poco duró mi entusiasmo, porque comencé a ver, en la luz disminuida por la profundidad del canal, extraños bultos que nadaban en dirección contraria, a distintas profundidades, algunos rodando por el fondo y algunos flotando en la superficie; como es sabido, algunos peces tenemos el olfato muy desarrollado, y pude darme cuenta de que había ido a parar al desagüe de la cloaca de una casa de familia, por lo que me vi obligado a virar en redondo, y volver a salir al brazo de río por el que había entrado. Seguí mi ruta sin arredrarme, ya un poco adormecido por la monotonía de la luz intermitente que dejaba pasar la frondosa vegetación que cubría el arroyo, cuando veo una regordeta y presumiblemente sabrosísima lombriz que se retorcía a pocos centímetros de mi ojo derecho, y que parecía estar suspendida en el agua sin seguir el rumbo ni el ritmo de la corriente. Antes de pensarlo casi, le tiré el mordiscón, imaginándola ya en mi estómago ansioso de comida, y contabilizándola como primer trofeo de la primera cacería de mi vida. Un agudo dolor, seguido de un tirón fue lo primero que sentí en mi boca, e inmediatamente me encontré arrastrado por una fuerza superior a la de la corriente y a la mía propia conque me resistí de inmediato, sacudiendo mi cuerpo todo cuanto pude. Esa fuerza me levantó, me sacó del agua, una mano me quitó el anzuelo – lo peor, con lombriz y todo – sólo dejándome en la boca un delicioso sabor a sangre y tierra, y añoranzas de lombriz. Me habían pescado.

Quien lo había hecho era un niño de unos nueve años, que – excitadísimo, envolviéndome con su mano – comenzó a gritar “¡Mamáaa, pesqué una mojarritaaa!” afirmación que constituía un craso error, porque yo, no obstante mi condición de casi alevino, pescado joven, de mojarrita no tenía nada. Bueno, pues, la madre algo le gritó que se dejara de perder tiempo y siguiera haciendo la tarea de la escuela, cosa que era evidente que el niño había descuidado. Mi captor, que estaba orgullosísimo de su trofeo, por un momento titubeó, haciendo un movimiento de devolverme al agua, pero luego se ve que lo pensó mejor, y me introdujo en un gran recipiente de vidrio lleno de agua que había en el jardín de la casa donde ahora yo estaba, y que sospecho que era para guardar alguna conserva, o para juntar agua de lluvia que luego tomarían, por considerarla menos tóxica para los humanos que el agua que bebíamos los peces y otros seres vivientes que habitábamos el arroyo, ya que cuando la probé no tenía gusto a nada, y además tenía poco oxígeno, problema éste que rápidamente solucioné, sacudiéndome, acercándome a la superficie, en fin tratando de revolver el agua lo más posible. Solucionado mi problema de respiración, dediqué mi atención a ver a mi alrededor y a considerar mi situación.

Súbitamente, comenzó a llover. Me sentí bien, porque el agua que caía arrastraba muchísimos elementos atmosféricos que a mí me producían gran entusiasmo, porque consistían en pequeños animalillos e insectos, que para mí eran una verdadera golosina, al par que el sacudirse el agua con las gotas de lluvia la revolvían, inyectándole aire que era más que beneficioso para mis branquias. Con la lluvia, los habitantes de la casa comenzaron a hacer los preparativos para cubrir algunos muebles que había en el pequeño jardín, tapar con una tela impermeable un motor que supongo les bombearía el agua que utilizarían para lavar los enseres domésticos (algo que nos ahorramos los peces, porque vivimos de una manera más sencilla. El agua para nosotros es como el aire para ellos, en cambio el agua para ellos parece ser útil según como se la emplee.) Como llovió bastante, y durante varios días, pude observar con comodidad a qué se dedicaban los dueños de casa. Parece que el jefe de familia era el padre, (yo nunca sabré quién fue el mío. Provengo de una tanda de cientos o miles de huevos flotantes fertilizados por unos cuantos cientos de machos, o sea que nadie es hijo de nadie, y quizás si los huevos son de la misma madre, tengo unos trescientos hermanos, o treinta y ocho, o no sé… El padre tendría unos cuarenta años humanos, promedio unos dos de los nuestros. Digo, porque en promedio, la muerte normal no viene a llevarnos hasta los 20 años, hay peces que viven 60, pero generalmente morimos entre los ocho meses y dos años de edad, pues ya al año somos adultos. (Todo esto, si no nos pescan, porque ahí ya la cuenta es diferente). La madre, una hembra de la misma especie, se veía algo menor, y dos alevinos, digo cachorritos de distinto sexo, que en esa especie son fáciles de distinguir, (no como nosotros, que podemos estar rodeados de miles de prójimos, y no sabemos quién es macho y quién es hembra, salvo uno mismo), y que evidentemente eran su única cría. A los tres días paró la lluvia, y el padre salió en su lancha, aparentemente a ganarse el alimento diario, pero vestido como para un casamiento. Estuvo fuera de casa todo el día, y tarde a la noche volvió muy contento, excitadísimo, diciendo que había jugado cien pesos al 19 a la quiniela y había ganado siete mil. Al 19, los humanos le llaman familiarmente “El Pescado” Todos se pusieron contentos; la mujer le dijo que necesitaba comprarse unos zapatos nuevos. Los chicos querían que en seguida el padre les comprase unos jueguitos electrónicos carísimos. Y como primer festejo del acierto a la quiniela quisieron comer algo especial. La primera idea fue ir a un restaurant de la isla más próxima, pero en seguida consideraron que iba a resultar muy caro, que lo mejor era comer algo que hubiera en casa. “¿Tenemos pescado fresco?” Preguntó el padre. “No sé,” dijo la madre. “Creo que Nacho pescó algo hoy”. Nacho, que era el chico que me había pescado, salió como una flecha al jardín, patinó sobre una hoja de plátano, cayó al suelo, se reincorporó, y de un movimiento agilísimo e increíble, metió la mano en la artesa donde yo estaba nadando bastante preocupado por mi futuro, y con el mismo envión me devolvió al río, donde caí describiendo un arco que hubiera dado envidia al mejor de mis colegas los peces voladores. Vuelto a mi medio, a mi querido río, seguí la corriente para descansar, sin dejar de observar atentamente a mi alrededor, y dada mi juventud y relativamente poca experiencia, buscar otro grupo humano para seguir estudiando el comportamiento de aquellos que se creen reyes de la Creación.

Por si alguno de mis semejantes tiene dudas respecto del fondo maligno que tienen los humanos les cuento lo que leen:
1. 4 filetes de pescado
2. 1 taza harina.
3. 1/2 cucharadita azúcar.
4. 1 huevo batido.
5. 3/4 taza agua fría.
6. 2 cucharadas aceite de oliva.
7. aceite para freír.
8. sal.
Pescado frito crujiente

Bueno, consolémonos pensando que nuestros compañeros los tiburones, orcas y otros ciudadanos habitantes del mar, también comen hombres. Y el mar es grande. Inmenso.

Palermo (tierra firme) 6 de abril de 2019. Glub glub.