Freddy González era un “nerd” total. Todo el día encerrado en su cuarto, con sus veinte años y sus hormonas funcionando, todo su entusiasmo estaba dedicado a la alta física, a la teoría de la Relatividad de Einstein, al gran problema del tiempo-espacio, en fin a temas que casi ningún otro chico de su edad habría dedicado ni un minuto. Pensaba cosas tales como “De existir el éter, sería un sistema de referencia absoluto con respecto al cual medir el movimiento de todos los cuerpos en el Universo.” Descubrió, al leer que “las ecuaciones de Maxwell cambiaban de forma al pasar de un sistema de referencia a otro”, que esto implicaría que el principio de relatividad no se aplica a los fenómenos electromagnéticos, y que estas ecuaciones sólo son válidas en el sistema de referencia del éter en reposo.” Esto no le pareció sorprendente pues la luz, fenómeno electromagnético, se propaga con una velocidad bien definida en el éter y esta velocidad debe ser distinta en un sistema de referencia en movimiento con respecto al éter. Al parecer, la teoría electromagnética de Maxwell restituía un sistema de referencia absoluto.

        En una palabra, Freddy había descubierto la Máquina del Tiempo.

        A Freddy le gustaba mucho apostar a la quiniela, ya que sabía que hasta la teoría de la Relatividad de Einstein estaba sujeta a variantes. En una palabra, le gustaba jugar. De modo que pensó que lo de “Ayer, hoy y mañana” eran formas relativas de medir el tiempo, y que tener “el diario del lunes” un viernes por la tarde podía dejar de ser una vieja leyenda inglesa para convertirse en una realidad, si se daban correctamente sus cálculos basados en las teorías mencionadas y otras por el estilo. Si conseguía los elementos necesarios para construirla, haría realidad una máquina que lo haría viajar en el tiempo hacia delante, y luego regresar hacia atrás, como en la famosa novela de Wells, o la increíble novela de Oesterheld, que mucho que ver tiene.

          Varios meses de trabajo, muchos cálculos, y pocos materiales le fueron necesarios, ya que gracias a la tecnología de esta época se hacían innecesarios todos los magnetos, cables, válvulas y otros implementos que figuraban tanto en la novela como en la película inglesa dirigida por el otro Wells, Simón. Sólo le fue necesario modificar sustancialmente su computadora, y a lo sumo arrimarle una silla algo más cómoda. Finalmente, llegó el gran día. Era jueves, un día lluvioso, destemplado y frío, pero nada de eso se reflejaba en el interior del cuarto de Freddy, quien lejos de mirar por las ventanas sólo pensaba en colocar tal cable aquí, tal disco rígido allí… Se sentó ante los controles, fijó la fecha del lunes siguiente, y presionó “Enter”.

          Pasaron, quizás, ¿15 minutos? ¡ya tenía en su poder el diario del lunes siguiente con todos los resultados del Quini, del Loto, de la Poceada, del Telekino, y de todas las loterías y quinielas del fin de semana! Freddy no cabía en sí de gozo. ¡Sería rico!… Apretó la tecla “Atrás”.

          La máquina no respondió. Volvió a apretar la tecla. Nada. Una vez más. Ningún resultado. Estaba cada vez más nervioso. Golpeó la tecla “Atrás” diez, doce veces; nada, la máquina no retrocedía en el tiempo. Se levantó de la silla, y se dirigió a la cocina, a servirse un vaso de agua. En el pasillo se encontró con su madre, quien le dijo: “Freddy, ¿dónde estuviste? ¡Desapareciste todo el fin de semana…! ¡Ah, vos tenías el diario…! Hace un rato que lo estaba buscando…

          Freddy miraba perplejo el diario, con los resultados de todos los juegos, ahora totalmente inútil.

PALERMO, 9 de diciembre de 2019