AVENTURA QUINIELERA

 

Era un empleado de oficina, un muchacho joven, pero con familia. Tenía mujer y dos hijos, vivían decentemente, pero con dificultad llegaban a fin de mes. Estaban llenos de sueños y proyectos, pero ganarse la vida era para este joven, sobre todo que su esposa no podía colaborar con la economía del hogar, porque tenía que quedarse en casa cuidando los chicos. Norberto, que éste era su nombre, siempre tenía al alcance de la mano esa hermosura verde que es la Esperanza. Digo verde, porque muchísima gente dice “Verde Esperanza”, aunque yo no sé a qué se refiere. El asunto es que ese día era un viernes, y a Norberto se le había ocurrido jugarse unos pocos pesos, cuarenta o cincuenta a la quiniela nacional, al veintisiete, que la noche anterior había soñado, pero estaba ya jugándose la vespertina, y la oficina aún no había terminado su horario de tareas, especialmente porque en esos días era tiempo de balance general.
Con los nervios que es de imaginar, pidió permiso a su jefe, un hombre serio, siempre con el ceño fruncido, para retirarse más temprano (faltaban unos pocos minutos para que la oficina cerrara – y que se jugara la nocturna). El jefe, que estaba en su escritorio controlando un balance, levantó la vista por encima de los anteojos, y como si le dijera ¡Camine a cucha!, así como a un perro, le dijo “no es posible”.
Norberto volvió a su escritorio con paso vacilante, pero poco a poco iba creciendo una idea en su cabeza. Su cabeza tenía mucho pelo, pero la idea era descabellada. Sabía que el portero era “un feroz alcahuete”, que si salía por la puerta principal, inmediatamente le iba a pedir la autorización pertinente para retirarse antes de hora, y si no se la presentaba, automáticamente hablaba por el intercomunicador con la oficina en que revistaba, y la consecuencia podía ser desde la suspensión hasta el despido.
¡Ni pensarlo entonces! Y por la puerta trasera no se podía pasar, porque el edificio estaba en obra de ampliación, y estaba todo bloqueado. Balanceó otras posibilidades, hasta salir por una ventana, salir sin el saco, arguyendo que iba a “comprar cigarrillos para el jefe”, pero sabía que todo eso sería imposible. Y el tiempo pasaba. Y se acercaba la hora de la Quiniela Nacional Nocturna.
Casi desesperado, pensando tanto en el veintisiete de su sueño como en la posibilidad, no de hacerse rico con una jugada de quiniela, pero por lo menos enderezar un poco su situación… alquiler, luz, gas, expensas… Finalmente, con la decisión ya firme de salir de cualquier manera del edificio para jugarle al veintisiete soñado, al que los que entendían de quiniela le llamaban “El Peine”, se dirigió a los ascensores esperando no haber sido visto, tomó el de la izquierda, el que ascendía hasta el último piso, cuando llegó al pasillo del décimo, en sombras porque desde el octavo para arriba sólo había archivos cubiertos de polvo que muy rara vez eran visitados por algún empleado al que se enviaba a buscar alguna documentación vetusta, Abrió la puerta de la terraza, y salió al fresco del anochecer. A unos pocos metros más abajo, y aproximadamente a un metro y medio de distancia se veía la terraza del edificio contiguo, el de la “Compañía de Seguros Confianza”.
Norberto saltó al vacío… y fue a caer, porrazo mediante, en la terraza del vecino edificio. Inmediatamente, corrió a la puerta de la escalera que bajaba al interior, y con el dolor aún del golpe en sus rodillas, la empujó. La puerta no se abrió. Evidentemente estaba cerrada con llave. Buscó algo con que pudiera abrirla, o romper su cerradura, pero fue inútil. No había nada que le sirviera. Ahora no sólo no iba a llegar a tiempo al quiosco de lotería y quiniela, sino quizás no podría salir de donde estaba, no sabía por cuánto tiempo. De pronto, vio que del enorme tanque del agua del edificio, bajaba una “escala de gato” de esas que consisten en varias grampas puestas en la pared, para subir o bajar agarrándose de ellas, y se hundía en un gran tubo de cemento, posiblemente hasta la habitación desde donde se controlaba el flujo del agua y las llaves de paso de las cañerías. Verla, aferrarse a los hierros y bajar a toda prisa fue todo uno. Llegó a una pequeña habitación oscura, iluminada por los indicadores de presión del agua y otros controles del edificio, y con una puerta en una de las paredes, que Norberto abrió sin inconveniente alguno. Se dirigió a un ascensor de aspecto modesto que parecía para cargar operarios y elementos de limpieza, y habiéndolo llamado, entró en él y apretó “PB”. Cuando salió se encontró con un pequeño patio, que daba a un garaje, evidentemente para los automóviles de la empresa. Cruzó el garaje, y salió por una puerta lateral al enorme hall de entrada, lleno de gente, donde nadie prestó atención a su presencia. Salió a la calle, la atravesó, entro en la venta de lotería y quiniela, y pudo jugarle al “peine”, al número veintisiete que había soñado. Le jugó cincuenta pesos a la cabeza, y otros cincuenta a los premios. En realidad, había jugado demasiado, pero después de todo lo que había pasado no estaba en condiciones de razonar mucho. Salió del local al fresco del atardecer, ya casi de noche, y se fue caminando despacio hacia su casa, con las rodillas ardiendo por el golpe recibido al caer en la terraza.
Si, ya sé. Ustedes están esperando que diga que no ganó, o que lo mató un colectivo al cruzar una avenida, pero no. Les digo, con absoluta certeza y conocimiento, que Norberto acertó esa noche la quiniela, y – aunque no salvó su déficit económico – se ganó unos pesos como para tirar él y su familia hasta fin de mes.
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