AVENTURA EN EL MAR

       “Las olas, cada vez más altas, parecían verdaderas murallas, como si el mar se hubiera puesto vertical. Los látigos del viento nos azotaban con toda la furia, agravados dolorosamente por el cimbronazo del agua salada. La tormenta arreciaba; la arboladura del buque crujía como si fuese de papel. Habíamos arriado todas las velas, pese al peligro que representaba el no tener casi dirección, sólo navegar a barlovento, pensando que los piratas turcos tenían una nave más ligera que la nuestra. La noche helada, pese a la tormenta, hacía más duras las tareas de a bordo. Normalmente, por aquellas latitudes no solía embravecerse así el mar, sobre todo con un clima casi invernal para esa época. La visión a nuestro alrededor era nula. Sin duda, lo mejor era esperar. Esperar, y tratar de aguantar lo más posible. Salir a cubierta en esas condiciones, por más que nos atáramos un cabo a la cintura sería inútil, y hasta diríamos imposible.

       “El Capitán Stanford abrió la escotilla de su camarote y trató de mirar hacia afuera.  El mar estaba ahora menos agitado, pese a estar aún lejos de la calma. Había dejado de llover, y el viento se había moderado como para comenzar a izar las velas y – viento y timón mediante – poder dirigirnos a algún lugar de la costa algo protegido. La temperatura había subido casi instantáneamente, y una espesa bruma se alzaba de las más calmadas aguas, impidiendo la visión de manera casi absoluta. El cielo comenzaba a iluminarse como en una pre-aurora, y nuestra nave había mermado sus saltos y sacudones. Los bancos, toneles, rollos de soga y otros objetos que se desplazaban como patinadores en el hielo, habían quedado desparramados sobre la cubierta en la más absurda de las ubicaciones. A pesar de la calma relativa, algunas rachas sacudían aún las sogas enroscadas en los toneletes, y hacían sonar los cables de la ejarcia como cuerdas de algún arpa siniestra. El capitán pensó en los piratas turcos. Tenían que haber ganado tiempo y distancia, en una nave mucho más ligera que la nuestra, pero con la niebla era imposible divisar nada a nuestro alrededor. La aguja marcaba que nos habíamos desplazado casi en línea recta, sin desviarnos casi de nuestra derrota. Haciendo un gran esfuerzo, porque sabía a lo que estaba exponiendo a sus hombres, decidió izar todo el velamen y poner proa a Singapur. El monzón aún no soplaría con toda la fuerza, y hasta es posible que pudiéramos recuperar algo de la ventaja que habíamos sacado a nuestros perseguidores.

       “Casi de improviso se comenzó a distinguir la costa unos grados hacia babor. Si poníamos proa, nos manteníamos en dirección nornordeste y el viento nos favorecía, íbamos a avistar el puerto en un par de horas. Rápidamente todo el barco fue un hormiguero de hombres entusiasmados, realizando las mil tareas de a bordo. Era verdaderamente esperanzador el haber escapado de la persecusión de los piratas…”

       El librero Pinkerton cerró el libro que estaba leyendo con entusiasmo y pensó “Qué locos estos marinos del siglo diecisiete” Locos… locos… “El Loco”. Dejó el libro sobre el escritorio, corrió hasta el perchero, tomó su chaqueta, algo arrugada y con algunas manchas de tinta y de té, y se marchó apresuradamente a jugarle al Loco, al 22, a la quiniela, antes que cerrara la nocturna.

PALERMO, 1° de octubre de 2019