ANTONIA, DEL BARRIO RICARDO ROJAS

Antonia había juntado unos pesos ahorrando con gran sacrificio, comprando verdura un poco pasada, vistiéndose con ropa usada comprada en el puerto de Tigre, cubriendo a pie los seis kilómetros que la separaban del pueblo, así a los sesenta años de edad había logrado poner un quiosquito de maderas y chapas  en el Barrio Ricardo Rojas, donde no había otra cosa que pasto, tierra (o barro, según el estado del tiempo) , y alguna gallina que picoteaba por ahí. Sus vecinos eran tan pobres como ella, y venían a comprar un poco de yerba suelta, cigarrillos de a uno, y aceite o grasa una vez al mes, para hacer algo frito, y luego filtrar mil veces el mismo líquido… El invierno era durísimo, y para calentarse tenía que quemar las cajas de madera o de cartón en que venía la mercadería, y hasta correr el riesgo que sus proveedores se enojaran seriamente con ella porque le quemaba los envases, lo que le había costado más de una multa, porque además se iluminaba “colgada” de la luz, que un vecino de buen corazón le había bajado un cable de un poste cercano, y ya una vez  había venido un equipo de la empresa proveedora de electricidad, y estaban a punto de cortarle el cable, pero ella había hablado con el capataz, y – quinientos pesos mediante – habían decidido hacer la vista gorda, y disimular que hubiera allí alguna infracción. Es claro que quinientos pesos era para ella muchísimo dinero, y luego de esa penalidad había dejado de pagar a la empresa que le traía los cigarrillos, y le habían dicho que por su atraso la dejarían un mes sin proveer. 

       Con todo, como ella era una mujer sola, sólo acompañada por un perro bravo que con ella se comportaba como un hijo, (y como hijo le daba sus buenos dolores de cabeza, comiéndose una gallina cada tanto de las que andaban sueltas por el campo), salvo los malos ratos pasados con los dueños de las gallinas, que terminaban calmando sus enojos cuando ella les daba un kilo de azúcar o un paquete de yerba, que era lo que más se consumía en ese barrio algo alejado de la mirada de Dios, el gasto de manutención lo llevaba a cabo hirviendo algunas de las pocas verduras que compraba para vender, ya que no tenía espacio para instalar una pequeña huerta, y la verdulería con que soñaba no pasaba de ser un proyecto. En cuanto a su perro, salvo la eventual gallina que cazaba, se había acostumbrado bastante a una dieta predominantemente vegetariana. 

       Así pasaban los meses, ya iba para dos años, con inviernos duros, con el viento filtrándose entre las chapas y tablones de su quiosco, que también era su domicilio; había venido sola de Sauce, una pequeña ciudad de la provincia de Corrientes, donde había muerto su hermana, que era toda la familia que le quedaba. Una tarde fría y de nublado cerrado paró delante del quiosco una camioneta vieja, una Ford “A” con la pintura desteñida al punto de no saberse de qué color habría sido originalmente; de ella bajó un hombre morocho, de estatura mediana, sesentón como ella, y muy serio, le pidió un vaso de vino. Ella, algo sorprendida por lo insólito del pedido, y algo asustada, abrió la única botella que venía guardando desde la Navidad pasada, y en uno de los dos vasos de vidrio que tenía le sirvió la bebida. El hombre fue vaciando el vaso de a traguitos, y mirándola a los ojos le dijo: “Usted no vende vino, y tampoco quiniela. Si vendiera esas dos cosas, ya sería rica, con el tiempo que hace que está aquí. Yo vine hoy a proponerle un negocio. Sé desde cuando tiene este quiosco, sé que en el barrio la reconocen como una buena persona. Mi propuesta es la siguiente: Tome apuestas de quiniela. Yo paso dos veces por semana por aquí. Recogería lo recaudado, y en caso de que alguno acierte, le dejo el premio correspondiente. Todo clarito y prolijo. Y a usted le doy el treinta por ciento de lo que se recauda. Estoy arreglado con el subcomisario Retama, que es el jefe del destacamento que está a dos cuadras de aquí. No solamente va a estar protegida, usted y su comercio, sino que la policía ni va a aparecer por aquí. Porque usted no va a verlos, pero ellos van a andar cerca y van a vigilar y cuidar que nadie la moleste. Piense lo que le digo. Yo voy a venir la semana que viene, a ver qué decidió. En el barrio me conocen bien. Soy Juan Fragueyro.” Ella lo había oído nombrar. Sí.

       Esto ocurrió a fines de los noventa. Al poco tiempo, en los primeros años de este siglo, el quiosquito que había sido de chapas y tablones era ya de material, y ostentaba en su frente un cartel muy bien pintado “Despensa Antonia”. Unos años más, y no sólo era  una “Despensa”, o almacén, sino que había añadido “Despacho de bebidas” y dicen que era una distribuidora de cerveza de la Quilmes, y ¿Saben qué? Se había casado con Fragueyro, y se comentaba que tenían la mayor agencia de quinielas de la zona de El Talar, incluído el Barrio Ricardo Rojas. 

                                          ==========Palermo, 16 de julio de 2019.