ANILLO

       Rigoberto despertó con un poco más de hambre con el que despertaba todas las mañanas. La situación estaba durísima. No había comido nada desde ayer al mediodía, y el estómago “le decía de todo”. Aparte hacía un frío terrible, por lo que se podía ver por la pequeña ventana del cuarto de la pensión era un día lluvioso, desapacible. Saltó de la cama, ya que una vez despierto, el permanecer en la cama le hacía sentir aún más baja la temperatura. Se vistió rápidamente. No podía salir a hacer nada, ni soñar con ir a buscar trabajo sin haber desayunado, y con este frío. Terminó de vestirse, metió la mano en todos los bolsillos de su campera y de su pantalón, abrió el cajón de la mesita, que arrimada a la pared hacía las veces de cómoda, escritorio y mesa de comedor, aunque para esto último muy pocas veces se había usado, y sumó todo lo que encontró. Doce pesos con cincuenta centavos. Algún vuelto, ya que ni recordaba cómo había llegado a esa cifra. Tiritando, cerró la puerta de calle, y salió decidido bajo la llovizna, directamente a la calle Libertad. Iba a empeñar lo único de valor que le había quedado. Su anillo de compromiso, que era algo de lo  que nunca se había animado a desprenderse porque le recordaba su matrimonio, que era lo más valioso de las poquísimas cosas buenas que había tenido en su vida, y que se había deshecho por su propia incapacidad de ser fiel y constante en todos los órdenes. Claudia se había ido con el que era su jefe en donde ella trabajaba, reprochándole no sólo sus infidelidades sino el poco interés en mantener sus empleos, y la poca responsabilidad en todos los avatares de la vida. Su madre siempre decía “Rigoberto es un niño grande”.

Por suerte vivía a cuatro cuadras de la calle de los revendedores de oro y alhajas, y al pensar en el café con leche que tomaría en cuanto pudiera vender ese anillo, que ya no pensaba empeñar, pues en su desesperación comprendía que por una simple alianza no le darían nada que valiera la pena, y que dadas las circunstancias valía más un buen desayuno que un mal recuerdo, su estómago pareció empezar a querer comprender la situación; entró en la calle Libertad con entusiasmo. Los locales de las joyerías de compraventa se le antojaron abiertos como ojos que lo estuvieran mirando con avidez, esperando para tomar su miserable tesoro y tasarlo lo más bajo posible. Pero era plata segura. O no, el caso es que necesitaba – por lo menos – desayunar.

       Algo interrumpió su paso apurado. Había pisado algo que lo hizo resbalar, y casi se cae. “Alguna piedra, o tornillo, o algo así” pensó. Cuando pudo recobrar el equilibrio, miró al objeto responsable de su traspié, y no pudo creer lo que veía. ¡Un anillo de oro, de hombre, con una piedra cristalina de una transparencia y brillo enceguecedores, pese a la suciedad y opacidad que el piso – y el pisotón – le habían proporcionado.

       ¡Un anillo de oro, y al parecer con un brillante!… Rápidamente sacó su pañuelo, arrugado pero bastante limpio, y lo mejor que pudo le sacó los restos de barro. Lo guardó apresurado en el bolsillo de su campera, y avanzando unos pasos, cruzó la calle, y entró en el primer negocio que tuvo a mano en la vereda de enfrente. En ese momento en la ventanilla no había nadie. Tocó un timbre en el marco, la ventanilla se abrió y apareció en su hueco la cara de un hombre que lo miró con cara de pocos amigos. “Buen día”, saludó Rigoberto        un tanto tímidamente. “Tengo esto para vender…” Y le extendió al hombre de la cara amarga el anillo que hacía pocos minutos había encontrado. El hombre tomó el anillo, lo miró, lo miró fijo a los ojos a Rigoberto, y le dijo “¿De dónde lo sacaste?” A Rigoberto se le aflojaron las rodillas, pero poniendo su mejor cara de poker, esa cara de poker que tantas veces le había solucionado situaciones en la vida, y para empezar de poker mismo, le contestó en el mismo tono de timba: “Es mío. Lo tengo de toda la vida”. El hombre volvió a mirar el anillo, y tomando una lupa de relojero lo observó detenidamente. “¿Dos mil?” preguntó. A Rigoberto se le volvieron a aflojar las rodillas, pero se apoyó en el borde de la ventanilla, y le contestó sobre la marcha “  ¡Ah, no! ¡Por menos de cinco no lo vendo!

       Sin perder la cara de malhumor el hombre hizo el ademán de devolverle el anillo, dejándolo sobre el pequeño alféizar-mostrador,  y le propuso “¿Tres quinientos?” Ya las rodillas de Rigoberto eran una gelatina. “Cuatro”, contestó. “Tres quinientos o nada”. “Acepto” dijo Rigoberto viendo ya todo nublado. El hombre extendió una mano, tomó el anillo, y con la otra pulsó algo así como un botón de un intercomunicador. Apareció un jovencito con cara de yo no fui y barba colorada, con los tres mil quinientos en tres billetes de mil y uno de quinientos. Se ve que había escuchado el diálogo, y tenía el dinero contado y preparado. El hombre de la cara de lunes le entregó el dinero luego de volver a contarlo,   y le hizo firmar un recibo. Rigoberto salió de la compraventa casi desmayado, Por suerte en la esquina había un bar y restaurant. Entró y pidió un café con leche con un tostado de jamón y queso. Cuando el mozo vino con el pedido, recién se dio cuenta de que aún en su mano izquierda tenía apretando el dinero.

       Una vez que hubo desayunado, Rigoberto comprendió que no comprendía nada. Miraba los tres mil quinientos pesos, y miraba su alianza de compromiso, que aún permanecía en su dedo, sin poder armarse una idea de cómo y porqué habían sucedido las cosas. Cuando pudo pensar, y darse cuenta de que su suerte había cambiado completamente, y que no sólo tenía ese dinero, sino que había salvado su alianza y toda su historia, decidió jugar unos pesos a la quiniela. Jugaría quinientos al 16 – el anillo – Pero no se animó a jugarlos todos juntos. Los jugó en cinco quinielas. Al 16 a la cabeza cien pesos en cada una. Ganó en tres. En total, veintiún mil pesos.

       Alguien, Muy Arriba, sonríe con picardía…

Palermo, 25 de junio de 2019