AL RESPECTO DE UN VIEJO CUENTO INGLÉS

       Es conocido el cuento inglés sobre el hombre que un viernes, volviendo a su casa,  encontró en un tren el diario del lunes siguiente, y apostó a todas las carreras de ese fin de semana, y ganó. Pero lo que nadie sabe es que ese mismo hombre, un profesor muy respetado en el pueblo, jugó luego ese mismo día a la quiniela, a los números que iban a salir, y ganó; cuando salió de la agencia, llevando en el bolsillo el cheque por la gruesa suma de dinero que acababa de ganar, resbaló y se dio un golpe mayúsculo; en consecuencia, se levantó como pudo, y pensó: “tengo que seguir teniendo suerte” volvió rengueando, y le jugó al cincuenta y seis, la caída, y al setenta y tres, que tanto podía ser el rengo como el hospital, sin fijarse si decía algo en el diario al respecto. Como era temprano, fue a tomar un café hasta que se supieran los premios de ese día. Volvió a ganar, lo que le hizo algo feliz, pero comenzó a asustarse. Caminó unas cuadras más, y entró en otra agencia de quinielas. Su primera intención fue jugar otra vez, a cualquier número. Pero entonces, súbitamente lo ganó el miedo. Terror. No era posible que ganara siempre. Era ese diario que estaba embrujado. Aún lo traía bajo el brazo. Al día siguiente era sábado. Tenía que ir al hipódromo, sin que nadie lo supiera. Nunca había apostado a un caballo, ni a ninguna otra clase de juego de azar. Tenía el diario doblado en la página de las carreras, de las loterías y todo lo que tuviera que ver con el juego. Llegó a su casa, y trató de comportarse lo más normalmente posible, sin decir nada de su hallazgo, y de su extraña suerte. Esperó a que su esposa, y el resto de los habitantes de la casa se durmieran, y guardó el diario bajo su almohada. Casi no durmió esa noche.  El sábado salió temprano para la estación, le había dicho a su mujer que tenía que ir a tomar unos datos de unos libros especializados que sólo se encontraban en la Biblioteca Nacional.               

          En vez de la Biblioteca su destino fue el hipódromo. Jugó en todas las carreras a los caballos que figuraban ganadores en el diario. Ganó en todas. Volvió a su pueblo visiblemente nervioso. Había ganado bastante dinero con los caballos y las quinielas como para vivir un año sin trabajar. Se dio cuenta de que aún llevaba el diario doblado bajo el brazo. Entró en una sucursal del correo,  y disimuladamente lo dejó en el mostrador. Había avanzado un par de pasos hacia la salida, cuando alguien le tocó el hombro. “Señor” una voz lo llamó, un hombre detrás suyo le alcanzaba el diario. “Olvidó esto”. Con algo de vergüenza lo tomó, dándole las gracias, sin mirarlo.  “Lo voy a tirar en el primer recipiente para basura que encuentre” se dijo. Comenzó a caminar, casi sin mirar por dónde lo hacía, sin encontrar ningún basurero. Pasó delante de una casa con un jardín delantero, y luego de mirar en derredor por si alguien lo veía, arrojó al jardín lo más disimuladamente que pudo el diario, que vino a caer junto a la puerta de reja, del lado de adentro. No había dado un paso adelante, cuando se abrió la puerta delantera de la casa, y por ella salió como una tromba un hombre de unos setenta años, armado de una escopeta, furioso como un perro rabioso, gritándole “¡lo voy a matar! ¡usted es el que me tira porquerías todos los días en el jardín!” Y dicho y hecho, le descerrajó un par de balazos que le dieron en el pecho, y lo mataron en el acto.

          Nuestro hombre cayó en la vereda, junto a la puerta a cuyo lado interior el diario yacía abierto, en la página siguiente a la de las quinielas y las carreras, en la que podía leerse, junto a su propia fotografía, un título: “Respetado profesor universitario muere de dos balazos en una confusa situación” Era la foto del profesor. La fecha del diario era la del lunes siguiente.

Palermo, 17 de febrero de 2020