A LA CABEZA

I

       Vladimir Rodríguez Frankenstein era un científico del barrio de Almagro que descendía lejanamente por parte materna de aquel doctor que a principios del siglo diecinueve creara al famoso monstruo hecho de trozos de  cadáveres que consiguiera de alguna manera “non sancta”, dándole vida mediante un fuerte shock eléctrico. Era un hombre bastante tranquilo, empleado en el Conicet, donde gozaba de reputación de buena persona, si bien poco creativo. En fin, era un hombre común, que se ganaba la vida honradamente en su empleo, siendo eficiente, pero nada fuera de lo normal. En el momento de nuestro relato tendría unos treinta y cinco o treinta y seis años, estaba casado hacía seis, tenía una hija de dos, y vivía en un departamentito de tres ambientes en el barrio de Almagro. Era apreciado como buen vecino, y pagaba su alquiler, seguro, servicios e impuestos puntualmente.

       Como era gran aficionado a la lectura, su principal hobby era recorrer las librerías de viejo buscando novelas de aventuras y de ciencia-ficción, que le apasionaban, alternando con libros de medicina  con alguna especialización en histología, sobre todo en lo referente a conservación de los tejidos luego de extraídos del cuerpo como por ejemplo las biopsias, que constituían en trozos de piel, u otros órganos extraídos a una persona viva a efectos de su análisis para comprobar la malignidad o no de determinados tumores. A Vladimir esas cosas le encantaban, y en eso trabajaba con placer en el laboratorio del Conicet.

       Hasta que un día decidió montar su propio laboratorio. No para complementar la tarea habitual que realizaba en el Instituto sino para realizar sus propios experimentos, pues durante años había concebido y madurado un sinnúmero de ideas respecto a la conservación de los tejidos, profundamente impresionado sobre la vida que permanecía  en ellos una vez separados del cuerpo, y anotado sus conclusiones en varios cuadernos y libretas que guardaba celosamente en una gran caja de cartón debajo de su cama. En el edificio de departamentos donde vivía había un sector del sótano con pequeñas ventanas en lo alto, al nivel del suelo, donde tenía bastante luz, y acceso a electricidad, gas y agua. En la edificación original se lo había destinado como SUM, o sea “Salón de usos múltiples”, pero nunca se le había dado ninguno, de modo que en la actualidad estaba ocupado por una escalera vieja y tres o cuatro tachos de pintura reseca. Vladimir habló con el administrador del consorcio, y al poco tiempo logró alquilarlo por dos años en una suma mensual al alcance de sus posibilidades.

       Equipado el laboratorio,  tardó unos seis meses en obtener su primer resultado. Empezó con una rata, a la que revivió mediante un adecuado electroshock. Convengamos que durante los cinco meses anteriores fueron varias las ratas sacrificadas por deficiencias en la regulación del electroshock. A veces era muy suave, y las víctimas de muerte por asfixia no retornaban más de su nirvana ratonil, y otras morían achicharradas por exceso de voltaje o amperaje. Tomó algo de tiempo y muchos nervios lograr que una rata resucitara, y luego viviera normalmente. El conseguía ratas y ratones de descarte en el laboratorio del Instituto, pero, ¿y después? Después… era poder hacerlo con un ser humano.

   ¡Matarlo no, por Dios! Pero si conseguía un cadáver…

II

   Probó primero con una cabra. Un cabrito, en realidad, que le compró a un amigo del carnicero de la esquina, que tenía una chacra en Moreno.  Un sábado a la mañana vino con su chatita Ford 1930, y le trajo el animal, recién muerto, al laboratorio, no sin haberse ofrecido veinte veces a sacarle el cuero y las tripas,  y yéndose desconcertado ante la respuesta negativa, seguramente pensando que Vladimir estaba loco. Éxito absoluto. Luego de una serie de inyecciones, masajes y electroshock, el animal estaba vivo, y balando, tanto fue así, que tuvo que regalárselo al portero, quien se lo llevó a su casa de Rafel Calzada, donde se lo comió convertido en sabroso asadito, en compañía de sus familiares más  íntimos. Así continuó Vladimir resucitando toda clase de animales, un perro que había sido atropellado por un automovilista imprudente, hasta un loro carísimo, que habiéndose roto la crisma al caerse de su aro, la anciana viuda del quinto piso llorando desconsoladamente le rogó que hiciera algo por salvarle (ella no dijo “devolverle”) la vida.

III

       Pasaron muchos años. Más de veinte. Ahora Vladimir tiene alrededor de sesenta. En su laboratorio no está solo. Frente a él hay un hombre sentado, de aspecto bastante rústico, vestido con ropa que parece que no le quedara a su medida. En realidad es ropa de Vladimir, que le ha ido regalando. El hombre no habla. Mira hacia abajo, con expresión entre triste y estúpida, como si necesitara que lo motivaran para hablar, para respirar, para vivir; Vladimir lo mira fijamente, y con voz severa le dice “¡Lázaro!”

       Lázaro levanta la cabeza y dice con voz ronca “¿Sí, Vladimir?”

  • ¿Recuerdas que ayer te mandé al supermercado a comprar azúcar, y lo hiciste?
  • Sí…
  • Bueno, necesito que ahora vayas a la agencia de quinielas…
  • ¿Qué venden ahí…?
  • No. No venden nada. Te voy a dar veinte pesos para que los juegues al 18, a la sangre, en la quiniela de la ciudad, todo a la cabeza.
  • – ¿A la sangre?
  • Sí…
  • . ¿A la cabeza?
  • Si, Lázaro, Sí…

       El hombre se levanta, un poco mecánicamente,  casi como un muñeco, y se va por la puerta que da al hall del edificio.

       Una hora más tarde vuelve, llevando en la mano la cabeza ensangrentada del empleado de la agencia de quinielas…

PALERMO, 29 de octubre de 2019 

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Nota del autor: El 28 de octubre de 1818 se publicaba “Frankenstein, o el Moderno Prometeo” la famosísima novela de la escritora inglesa Mary Shelley, cuando ella sólo tenía 18 años de edad. Shelley era su apellido de casada. Su apellido de familia era Godwin, y el materno Wollstonecraft. Nació el 30/8/1797 murió de un tumor cerebral en 1851. Su marido fue el poeta Percy Bysse Shelley. Fue amante de lord Byron. Frankenstein fue su primera obra, escrita como un juego en una noche de tormenta, en una reunión de escritores y poetas.

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