A Beneficio

 

Don Sofanor Antúnez, el letrado, era el vecino más respetado de “Las Moreras”, un pequeño pueblo del suroeste de la Provincia de buenos Aires. Tan pequeño era que no tenía iglesia, ni correo, ni agencia de quiniela; y ningún medio de transporte llegaba hasta allí, salvo un camión que una vez por mes iba a llevarles alguna mercadería, que los pobladores solían pagar con alguna vizcacha raquítica, cazada a hondazos, o con yuyos, ya que de eso había muchos y de diversas variedades en la zona. Los choferes del camión se los compraban (en realidad se los cambiaban por un paquete de yerba, o a veces por una caja de fósforos, porque los pobladores de Las Moreras eran muy pobres). En realidad ese pueblo, más que pueblo era un caserío; tiempo atrás había sido un puesto de la estancia “El Aislamiento” de la familia Piojetti, pero ellos vendieron la estancia para irse a la Capital, a poner una agencia de quiniela, y parece que les fue muy bien, porque nunca más se supo nada de ellos.
Don Sofanor era un hombre tan respetado porque era el único vecino que sabía leer y algo de escribir, y era quien les escribía las cartas a los demás para sus familias, ya que nadie más podía hacerlo. Por eso le llamaban “El Letrado”. Un día recibió una carta de un escribano de Buenos Aires, diciendo que era urgente que se presentara en su oficina, porque había heredado la agencia de quiniela de los que fueran sus patrones, los Piojetti, que murieron sin tener familia. No tenían hijos, así que al morir le dejaron todos sus bienes, incluso la agencia de quiniela a Don Sofanor, que como puestero de “El Aislamiento” les había sido sumamente fiel y había ayudado mucho para que la estancia se mantuviera activa, si bien no prosperara gran cosa. También le habían dejado una suma de dinero más que generosa, al decir del escribano, que le había aclarado que luego de todos los trámites le informaría sobre el monto, y sobre sus honorarios.
Don Sofanor no tenía la menor idea de qué era la quiniela, así que le preguntó al escribano qué era eso. El escribano se lo explicó lo mejor que pudo, diciéndole que era como una rifa. Don Sofanor se quedó pensativo un momento, y respondió:
“¿Así como cuando los ricos del camión rifan un chancho?”
“Así es, amigo”
“¿Y a beneficio de quién es la rifa?”
“Bueno – respondió el notario… parte del que compra el número, y parte de la Quiniela de la Ciudad”
Don Sofanor, que era muy generoso, inmediatamente le preguntó al escribano dónde podía comprar un número. Éste le dio la dirección de la agencia de quiniela más próxima, y allí partió el flamante heredero de los Piojetti, en busca del lugar más próximo donde hacer el bien, ya que él sabía de sobra lo que era pasar hambruna. Llegó, pues, a una agencia cerca de allí, y al ver tantos carteles y gente que iba y venía, decidió preguntarle al primero que le hiciera caso, porque parecía que nadie se daba cuenta no ya de que él existiera, sino que tampoco entendía por qué no se saludaban ni siquiera se miraban uno a otro. Claro está que él no tenía idea de la diferencia entre un grupo y una serie, como la cola de un colectivo, en la que todos pretenden lo mismo, pero ninguno tiene que ver con el otro.”¡Qué generosa es la gente!” pensó. Se acercó a una ventanilla, y le pidió varios números de la rifa. “Había que hacer el bien, sobre todo que ahora voy a cobrar bastante plata” . El joven que estaba detrás de la ventanilla le preguntó a qué número le iba a jugar, don Sofanor le dijo “elíjalos usté” El empleado lo miro con extrañeza,y luego de anotar varios números, le preguntó cuánto iba a jugar a cada uno. Don Sofanor, sabiendo que ese dinero era para hacer el bien, pensó en cuánto dinero llevaba encima, y separando una pequeña cantidad como para llegar hasta el modesto hotelito donde paraba, le dio un grueso rollo de billetes al empleado, y ante la expresión de éste, le dijo “repártalos entre todos” Tartamudeando, el muchacho del mostrador le dijo “e-espeere… que le e-en-tregue los números.
“¿Usté no es de acá, acaso?”
S-si, pero…
– Nada. Quedeselós.
Y don Sofanor dio media vuelta y se fue muy suelto de cuerpo, y muy feliz de haber realizado una obra de bien.