81

El hombre, aparentemente borracho, caminaba bamboleándose por el centro de la ruta desierta, tratando de poner los pies sobre la doble raya amarilla que dividía las manos. Un punto apareció desde el sur lanzado a gran velocidad, convirtiéndose en un auto deportivo, que pasó rozándolo y levantándolo en el aire, y convirtiéndose nuevamente en un punto, desapareció con la misma velocidad e inmediatez con que había venido.
El hombre cayó sobre el pasto, al borde del camino. Aparentemente no había sufrido lesión alguna, aunque por un buen rato quedó tendido en el suelo, boca arriba, mientras sus zapatos, y una pequeña bolsa de tela que llevaba en su mano quedaban en la carretera.
Pasaron dos autos más, en sentido contrario. Uno de ellos pisó con una de sus ruedas un zapato del hombre caído, que dio una voltereta en el aire, y volvió a caer sobre la ruta, sin siquiera haberse deformado. El viento que desplazaron los vehículos hizo correr la bolsa unos metros, saliendo de su interior unos trozos de papel.
El hombre, evidentemente aturdido, se levantó como pudo de su mullido lecho vegetal, y avanzó unos metros en dirección de la ruta, para recoger sus efectos. Tuvo que dejar pasar a un enorme camión, y, con todo cuidado, corrió hasta donde estaban sus zapatos, uno a buena distancia del otro, y luego su bolsa con papeles y otros efectos, que yacían desparramados sobre el piso. Rápidamente tomó sus cosas, y regresó apresuradamente a la vera del camino, calzándose los zapatos, y acomodando el contenido de la pequeña bolsa. Afortunadamente, no se veía ningún vehículo en ninguno de los sentidos de la carretera, y el silencio se había adueñado de la llanura atravesada por la ruta gris con doble raya amarilla. El hombre comenzó a caminar. Habría hecho unos cien metros, cuando apareció un camioncito destartalado, quizás algún granjero de la zona. El hombre le hizo señas de que lo llevara. Evidentemente el conductor aceptó, pues abrió la puerta, el hombre subió, y el pequeño vehículo se alejó hacia el sur, en sentido contrario al que marchaba el hombre originalmente, o sea regresando hacia donde había venido.
Por la conmoción del golpe, y el estado – creemos – etílico del ahora pasajero, cuando recogió los papeles que volvió a colocar en la bolsita, no advirtió que uno de ellos, un papelito gris, que parecía un billete de banco, había quedado sobre la cinta de macadam, y cuando arrancó la pequeña camioneta dio unas vueltas en el aire, como una hoja seca, y volvió a quedar planchado sobre el pavimento. Pasaron unas horas. El sol había cambiado de ubicación en el cielo, y la luz estaba mermando. Las sombras se habían hecho largas. Un auto blanco con carga humana y valijas arriba del techo, paró en el costado de la ruta, justo donde había caído el hombre que se fue en el camioncito. De él bajaron un hombre adulto y dos chicos que evidentemente querían desocupar sus vejigas. Dentro del coche se veían por lo menos dos personas más, una de ellas, seguramente una mujer, les gritó algo a los que habían bajado. El más pequeño de los chicos, luego de cumplir con su misión, se agachó a recoger algo que había en el pasto, detrás del auto. El adulto, evidentemente el padre, le dijo algo como que dejara de juntar porquerías y entrara rápido al vehículo. El niño entró corriendo, pero no soltó lo que había encontrado, y escondiéndolo de sus hermanos lo metió en su gorra, que había calzado con la visera para atrás. El niño había encontrado el papel que perdió el hombre de nuestro relato anterior. El auto continuó su camino.
Era una familia común, de clase media, que volvía de sus vacaciones en la costa. Su viaje había sido en general placentero, aunque con los inconvenientes que supone para un padre de familia el acarreo de todo lo necesario e innecesario que se lleva en esos casos a la playa, de las conversaciones con su esposa interrumpidas permanentemente por tener que estar a cada rato vigilando a los niños, y por las intervenciones de su suegra, en todos los casos en que había que tomar una decisión, y también cuando no había que tomarla.
Llegados a su departamento de la capital, el niño más chico desentendiéndose de todo corrió a su dormitorio, que compartía con su hermano mayor, y trepándose a su cucheta se sacó la gorra, y observó su pequeño tesoro. Era un billete que parecía dinero. Dinero, sí, pero algo como él nunca había visto. Gris, con unas inscripciones rarísimas – a él mismo le habría costado un poco entender lo que decía, aún si hubiera estado escrito en castellano – y con un gran número “81” en el centro. Pronto fue la hora de dormir, y cuando se metió en la cama, guardó el extraño billete debajo de la almohada.
Al día siguiente había que ir a la escuela. Se levantó, cuando la abuela le puso el guardapolvo escabulló rápidamente el billete en el bolsillo, y se fue contento “al cole”. Se lo mostró a los compañeritos, se lo quisieron quitar, y finalmente se lo cambió a un chico que le decían “el inglés” por cinco bolitas cristalinas y un bochón uruguayo.
“El inglés” era hijo de un inglés verdadero, profesor de Historia y Antropología en la universidad. En cuanto llegó a su casa le contó a su padre lo que había adquirido, se lo mostró, y el padre al ver el billete se interesó mucho, y le ofreció comprárselo, o cambiárselo por algo que él quisiera. Terminó cambiándolo por una caja con 145 bolitas de colores “made in TaiWan”. Los dos quedaron contentos.
El padre partió al día siguiente a su cátedra en la universidad contento e intrigado. En su chaqueta a cuadros, muy inglesa, el billete campeaba en un bolsillo, y él lo tocaba cada tanto como si fuera un objeto de alto valor. No sabía bien lo que era, pero intuía que sería un billete de dinero de algún país estrafalario, y pensaba averiguar su origen, y luego pavonearse con él ante sus colegas profesores. Las monedas más increíbles desfilaban por su memoria: El Ariary Malgache, el Chelín Tanzano, El Som Uzbeko, el Dram Armenio… No, ninguna de estas podía ser… “81… 81… qué…” En cuanto llegó a la casa de estudios, se fue directamente a la biblioteca donde estaba la gran computadora, a la que le llamaban bromeando “Univac”, por la de los cuentos de Asimov, y colocó el billete en la pantalla lectora. Univac cliqueó dos o tres veces, y luego en la pantalla de respuesta apareció un cartel: “Esto es el equivalente a una ficha de un casino de occidente. Tiene el valor de dieciocho rupias de Maldivas. No puede usarse como dinero corriente. Sólo de uso en el Casino Nacional”. “Qué haré con esto” pensó. “Es muy original, pero no me sirve para nada…” Metió el billete en su bolsillo, y se dirigió al aula donde tenía que dar una clase sobre el Homo Sapiens Sapiens.
Pero cuando salió de la universidad, mientras cubría el breve recorrido hasta su domicilio, el “81/18” seguía dándole vueltas en la cabeza. “Ese billete gris… Parece dinero… Pasó en ese momento frente a una agencia de quinielas. Entró sin dudarlo. Jugó 81 pesos al 18, y 18 pesos al 81. Ese día salió el 18 en una lotería, y en otra el 81. Cobró cinco mil seiscientos setenta pesos con el dieciocho, y mil doscientos sesenta con el ochenta y uno, total, se hizo de Seis mil novecientos treinta pesos. Había invertido una caja de 145 bolitas. Antes de llegar a su casa pasó por un comercio de aparatos electrónicos, y compró un jueguito para su hijo. Al billete, lo tiene bajo el vidrio de su escritorio. Cada tanto le tira un besito.
Del hombre que perdió el billete con el “81” en la ruta, nunca más se supo. Lo que sabemos seguro es que nunca más volvió a juntarse con el billete.

Palermo, 18 de marzo de 2019