47

 

Renato abrió su computadora y vio un correo que venía de un sobrino suyo, en el que le encarecía que abriera el adjunto porque se trataba de algo de vital importancia. Preocupado, así lo hizo, y comprobó que se trataba de una simple “cadena”, esas que piden – con absoluta presión- que quien la recibe realice determinada acción, pues de hacerlo tendrá todas las bendiciones del Cielo, y de no llevarla a cabo será pasible de todas las maldiciones del Infierno, y que de “cortar” o no continuar la serie le atacarían todas las enfermedades y problemas económicos que una mente humana pudiera imaginar. A continuación se podía ver un dibujo que representaba un ataúd, (en el lenguaje quinielero es “El muerto”) y una frase solitaria: “Juégale al 47 en todas las quinielas”. “Envía este correo a 47 personas, si no lo haces… etc,etc,”
Inmediatamente intentó borrar tal envío, y comprobó con preocupación que no podía borrarlo. Intentó de mil maneras desprenderse de ese correo. Hasta apagó la computadora, y cuando la encendió nuevamente, el correo seguía allí. Algo molesto, decidió redactar toda la correspondencia que necesitaba enviar, y luego, apagó la computadora y salió a la calle a continuar con el trajín de sus diligencias habituales. Cuando volvió a su casa, algo cansado, notó que su computadora estaba encendida, cosa que le extrañó mucho, pero no le dio mayor importancia. Iba a dirigirse a su dormitorio, pero… algo le “picó”. No era posible que su “compu” se hubiese encendido sola. Debería haber algún motivo para que esto hubiera sucedido. Abrió el correo y… ¡el mensaje continuaba allí! Un poco molesto y otro poco intrigado, intentó volver a borrar el empecinado mensaje, y al no poder hacerlo decidió volver a la calle y caminar un poco. El aire fresco le haría levantar el ánimo.
De pronto se le ocurrió: “Y qué pasa si voy a jugar a todas las quinielas el 47 y se me pasa este malhumor” La idea le pareció divertida y se dirigió a la agencia de quiniela más cercana, y allí le jugó diez pesos a la quiniela de Tucumán, diez a la nacional, diez a la quiniela matutina, diez a la quiniela nocturna, diez a la quiniela nacional vespertina, diez a la de Córdoba, y así a todas las quinielas del país, y hasta las de Montevideo. En todas al cuarenta y siete, a la cabeza y a los veinte premios, en redoblona, en fin, de “arribabajo” a todas las quinielas posibles, y salió algo cansado, con unos cuantos pesos de menos, pero con una leve sonrisa en los labios. Si hubiera podido le habría jugado a la quiniela mundial. Caminó un rato, y luego decidió ir al cine, a distraerse un poco, pues ya tenía un aturdimiento en su cabeza como pocas veces. Entró en el primer cine que vio a su paso, vio una película intrascendente, cuando salió, al terminar la película… ¡volvió a la agencia de quinielas! Cuando entró, pudo ver que el agenciero lo miraba con una expresión muy extraña. En los displays podían verse los resultados de todas las quinielas del día. En todas las loterías del país, y por lo tanto en las quinielas, incluso en las de Montevideo, había salido el 47 a la cabeza. El agenciero se le acercó y le dijo. “Venga mañana. Hoy no me alcanza el dinero para pagarle”. Renato comprendió, giró sobre sí mismo, y saliendo, se dirigió a su casa con todas las boletas de quiniela en el bolsillo.
Al cruzar la calle lo atropelló y mató un colectivo. Era el 47.
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