Avellaneda, provincia de Buenos Aiares, 22 de febrero de 1922. Año de elecciones. Yrigoyen estaba por dejar la primera magistratura. Se decía que el próximo presidente sería Alvear, pero con las idas y venidas de la política no se podía asegurar nada. Pafnucio Sotretta (a) El Loco  estaba sin trabajo, y por más que había recorrido el Congreso banca por banca, no había conseguido recomendación para ningún asesor de diputado, senador, o algo que se le pareciera. Al decir “banca por banca” no significaba exactamente eso, sino que había recurrido a sus contactos, que eran unos muchachos que trabajaban en la Municipalidad, en la parte de Barrido y Limpieza, y que uno de ellos tenía un hermano que era portero del Congreso. Desde Avellaneda al Congreso, en la Ciudad de Buenos Aires era un tirón, pero no había otra. En la municipalidad de Avellaneda había rebotado con el intendente, Domingo Rossi; ya no había más cupo, ni de barrendero. Todos los amigos de Rossi habían llegado antes. Por fin el hermano de su amigo, el que trabajaba en el Congreso le dijo “Por ahora no tengo nada, pero vamos a ver. Véame el 22. Venga emplilchado”.´

Así que ahora lo teníamos al Loco Pafnucio, o al “22”, como también le decían,  tomando el tranvía 22 en Pavón, rumbo a la Capital Federal. Se bajó cerca de Plaza de Mayo, y tomó el subte A hasta la estación Congreso. Qué suerte! Iba a llegar fácilmente a su destino. Efectivamente, a unos pocos metros estaba la entrada del edificio.

Preguntó al portero por su amigo, y éste manifestó no saber de quién se trataba. Insistió, diciendo que su amigo lo esperaba, y le dijeron que “ingresaba a las catorce”; eran las 11.22. Decidió esperar. Caminó hasta el Café de los Angelitos, distante tres cuadras, y pidió un café. De la cocina, y también desde la calle, llegaban a sus narices aromas de toda clase de comidas, especialmente fritas. No pudo vencer a su estómago, y pidió un sándwich de salame. Estaba llegando al borde de su presupuesto, pero no iba a tener otra cosa que comer por el resto del día. 

Una hora después, pagó el café y el sándwich, que resultaron algo más caros de lo que él mismo esperaba. ¡Veintidós pesos! Se sintió invadido por la indignación. ¡Veintidós pesos! ¡Qué barbaridad!. Salió del bar como si lo hubieran perseguido con un lanzallamas. Caminó por la calle Rivadavia hasta que se dio cuenta de que no iba a estar a las catorce, y volvió sobre sus pasos, dándose cuenta de que había hecho como diez cuadras hacia el oeste. ¡Las catorce! ¡Estos modernistas! ¡Qué manía eso de decir las catorce en vez de las dos de la tarde! Pasó un carro repartidor de leche. “Cabaña Santa Brígida” se leía en los costados. Luego un camión cargado con materiales de construcción. Empleados que habían salido para almorzar, o para ingresar en horarios posteriores al mediodía pasaban apurados, como si todos tuvieran que tomar el turno de la tarde. Un vigilante con su varita y las mangas blancas. Seguramente tendría que dirigir el tránsito en Callao y Rivadavia. O en la otra esquina. Ahí Callao se llamaba Entre Rios. Por Callao se acercaba un tranvía, rebotando en las imperfecciones de los rieles. Pafnucio no alcanzó a verle el número, pero seguro que el 22 no era. Para volver tendría que caminar de vuelta hasta Paseo Colón… ¡22 cuadras!

Llegó a la puerta del Congreso y volvió a preguntar por su amigo. En realidad era amigo de un amigo suyo. No lo conocía personalmente. El portero caminó hasta un teléfono interno que colgaba de una pared cerca de la puerta, y anunció a alguien que había un visitante. A los pocos minutos hizo su aparición su contacto, y con actitud de estar perdiendo un tiempo precioso, necesario para algo más importante, le dijo que estaba enterado de su necesidad, y que hablara con una persona cuyo nombre y dirección se la estaba dando en un papelito que le alcanzó casi con disimulo. Le deseó suerte, y se dio vuelta, marchándose por el mismo pasillo en que había venido. Era una dirección, unas diez cuadras por Rivadavia al Oeste. En el Mercado de Abasto. Pafnucio caminó.

El Mercado de Abasto era un  hormiguero. Carros que entraban y salían cargados con distintos productos del campo; frutas, verduras, gallinas, cerdos, corderos, y bolsas de maíz, trigo, harinas; fardos de alfalfa, y cuanta cosa se pudiera comprar o vender. Dentro del recinto, mitad techado y mitad al aire libre, hombres que iban y venían en distintas direcciones, algunos empujando o tirando zorras cargadas de paquetes, otros simplemente con una lona al hombro y un chaleco de cuero para hacer fuerza, lo que los denunciaba como changarines, y cada tanto un hombre de saco y corbata con un portafolios en las manos, señal de serían comisionistas, o contadores de los puesteros. Abriéndose paso en el gentío, entre los caballos, los carros y aguantándose el olor a bosta que impregnaba el ambiente, Pafnucio llegó a la dirección que le indicaba el pequeño papel, bastante arrugado a la sazón. Era un consignatario de azúcar, Don Julio Stevovich, que lo recibió bastante amablemente para lo que podía esperarse de un hombre en camiseta absolutamente transpirado y con el aspecto de haber interrumpido su tarea para atenderlo. Con una sonrisa algo torva le dijo que sí, que su amigo le había hablado de él, que lo que precisaba era una persona honesta y que supiera contar, ya que tendría que controlar cuántas bolsas llegaban en los envíos de los ingenios azucareros, y cuántas se despachaban a cada minorista. Respecto del salario, en principio serían cincuenta centavos por hora, en jornadas de ocho horas, y que según su desempeño, más adelante se le mejoraría la remuneración. Que tenía que comenzar a las seis de la mañana, y terminar su turno a las dos de la tarde. Que por el momento no había horas extras, y que no debía afiliarse a ningún sindicato, que de hacerlo sería despedido inmediatamente.

Era un “tómalo o déjalo”. Sin ningún compromiso de parte de nadie, simplemente, eso. Don Julio le tomó el nombre, la dirección, su número de documento, el nombre del recomendante, y un teléfono para el caso en que se necesitara llamarlo para alguna urgencia. A esto último Pafnucio le respondió dándole el teléfono del almacén de la esquina de su casa, pero sin ninguna seguridad de que le dieran el aviso (eso no se lo dijo); él no confiaba en el almacenero don Ciro, que siempre estaba contando la mercadería que tenía en el salón, a ver si algún chico le había robado algún chocolate, o alguna joven ama de casa se había alzado disimuladamente con un paquete de fideos.

Volvió a su casa, previo camino de 22 cuadras, no muy convencido de haber hecho buen negocio, pero menos triste que cuando había salido de su casa. Tomó el tranvía 22, y antes de encaminarse por el sendero de tierra que bordeaba un alambrado que lo dejaría en la casilla donde vivía, entró en una agencia de quiniela y le jugó dos pesos al veintidós. Metió las manos en los bolsillos del pantalón. En el derecho, tenía veintidós pesos y la boleta de quiniela. En el izquierdo, un revólver. Un revólver calibre 22.

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Palermo, 2 de julio de 2019