EL NUMERO QUE FALTABA

       Enrique trabajaba en el Ministerio de Hacienda, ya hacían casi cuarenta años. Había ingresado muy joven, en 1980, en la época en que gobernaban los militares, teniendo él veinte años, de modo que actualmente orillaba los sesenta; había ido ascendiendo poco a poco en razón de su honestidad y capacidad, y además había enriquecido el campo de sus habilidades con la frondosa experiencia que le había dado los largos años de desempeño, y el conocimiento de la manera de ser de sus compañeros de trabajo, y –por lo tanto- también de sus jefes.

      Era una persona ejemplar. Y de una moral intachable. Cuando algún funcionario nuevo, y alguno no tan nuevo, necesitaba orientación en algún tipo de problema que debía encarar por su trabajo, se dirigía a Enrique en consulta, pues estaba claro que nadie le podía aconsejar mejor que él. Así se ganó el reconocimiento de sus compañeros (y, por supuesto, la envidia de algunos otros). Así que se armó bastante revuelo cuando de Jefe de Insumos lo cambiaron de área de tareas asignándole el cargo de Director General de  la sección Compras a Proveedores, Licitaciones y Contrataciones Varias. Era un cargo de alta jerarquía, que requería – a la vez de honestidad y sentido de la responsabilidad – gran habilidad para la negociación. Tratar con grandes empresarios no era fácil, y menos con el peligro para su estabilidad, ya que muchos negocios del Ministerio dependían de lo que Enrique finalmente decidiera. Tenía que contactarse con empresarios, diplomáticos, industriales, y en fin, todo aquel que estuviera en condiciones de venderle algo al Estado.

     Concretó varias operaciones exitosas. Otras no tanto. Pero en todas las oportunidades él notaba que sus interlocutores se quedaban mirándolo, como esperando que dijera algo más, como que la entrevista no se hubiera terminado realmente, como si además de las firmas, del apretón de manos, del café o de la copita de licor, en algunos casos, faltara algo más, algo que se hubiera omitido en el conjunto.

      Se propuso ser más cuidadoso, y observar más prolijamente su mismo comportamiento y el de sus interlocutores. Tanto en los negocios concertados con proveedores del país como con los importadores, y siempre, en todos los casos, al cerrar el trato, sobre todo en el momento del precio, y de la forma de pago, había sonrisas, caras de satisfacción, pero… algo seguía faltando, y Enrique no podía saber qué. Se separaba del proveedor, o del diplomático, y le quedaba esa sensación de que algo tenía que haber dicho, que se le había quedado en el tintero, sobre todo por la mirada casi de extrañeza de la persona con quien había concretado la operación.

      Enrique tenía un secretario, Ángel Guzmán, hombre probo e inteligente, capaz, y como él mismo, de gran experiencia en la negociación. Al recordar a Ángel no pudo evitar una sonrisa, porque en su inventario íntimo, le llamaba “El Gran Quinielero”, por su adicción a jugar a la quiniela, y porque a todo en la vida lo asociaba con ese juego tan popular y democrático. Decidió llamarlo a su despacho, y luego de invitarlo con un café, le confió su preocupación: “¿Qué le faltaría a su charla de negocios para que fuera completa?”

      El secretario lo miró, como si no pudiera creer lo que le estaba diciendo. Tragó su café, enarcó las cejas, y con una sonrisa pícara, le dijo -¡Pero Enrique, es muy sencillo! ¡Lo que le falta es el 67!, al parecer usted nunca lo menciona…

      -¿El 67? – Enrique no salía de su asombro. -¿Qué es el sesenta y siete?

      – ¡La Mordida, mi amigo, La Mordida!…

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Palermo, 16 de abril de 2020